El alcohol y sus efectos
El alcohol es una sustancia profundamente integrada en nuestra sociedad. Está presente en celebraciones, comidas, reuniones sociales y momentos de ocio. Precisamente por esa normalización, a veces resulta difícil reconocer cuándo deja de ser algo ocasional para convertirse en un problema.
La Organización Mundial de la Salud advierte de que no existe un nivel de consumo libre de riesgo para la salud mental y física.
Algunas personas acuden a consulta porque, cuando empiezan a beber, les resulta difícil controlar cuánto consumen. Tenían pensado tomar una o dos copas y terminan bebiendo mucho más, con consecuencias en su comportamiento, su estado de ánimo o sus relaciones. Otras mantienen un consumo frecuente que, aunque aparentemente controlado, puede ir perjudicando su salud.
En ocasiones, son la pareja o la familia quienes detectan el problema antes que la propia persona. Mientras tanto, quien bebe puede minimizar las consecuencias, compararse con otros consumidores o encontrar motivos para seguir haciéndolo.
También es frecuente que el alcohol se convierta en una forma de afrontar situaciones personales difíciles: aliviar la ansiedad, desconectar de las preocupaciones, combatir el desánimo o desenvolverse mejor socialmente. A corto plazo puede parecer que funciona, pero con el tiempo aquello que proporcionaba alivio puede terminar agravando el malestar.
Cuando existe policonsumo, el alcohol también puede actuar como puerta de entrada a otras sustancias. Su efecto desinhibidor puede facilitar nuevos consumos, prolongar una noche o favorecer conductas que, en otras circunstancias, la persona habría evitado.
La realidad
El alcohol puede acabar formando parte de tu vida de una manera que nunca habías imaginado.
Quizá empezaste a beber para divertirte, desconectar o simplemente porque era lo que hacían los demás. Poco a poco, puede convertirse en algo que necesitas para afrontar el día, o disfrutar en determinadas situaciones.
La mente encuentra motivos para seguir bebiendo: «hay gente que bebe más que yo», «me lo merezco», «solo bebo los fines de semana», «mañana no tengo nada que hacer». Y cuando aparecen las consecuencias, siempre puede haber una explicación para restarles importancia.
En muchas ocasiones, el objetivo es alcanzar una abstinencia completa y mantenerla a largo plazo. En otros casos, puede plantearse un trabajo orientado a modificar la relación con el alcohol y valorar si es posible mantener un consumo controlado. La intervención se adapta a cada persona, aunque cuando el consumo es frecuente, compulsivo o genera consecuencias importantes, la abstinencia suele ser el objetivo.
Preguntas frecuentes
Aquí tienes respuestas a las preguntas más habituales sobre las sesiones y el proceso terapéutico.
¿Cómo sé si tengo un problema con el alcohol?
El problema empieza a hacerse evidente cuando te cuesta controlar el consumo, cuando bebes más de lo que habías previsto o cuando el alcohol empieza a ocupar un lugar que no te gustaría que tuviera.
También cuando aparecen consecuencias en tu salud, tu estado de ánimo, tu relación de pareja, tu familia o tu trabajo y, aun así, sigues bebiendo.
Es frecuente minimizar lo que ocurre comparándose con otras personas: «Yo no bebo tanto», «hay gente que está mucho peor». También encontrar motivos para beber o restar importancia a las consecuencias.
Con frecuencia, quienes están alrededor empiezan a preocuparse antes que la propia persona.
No necesitas haber perdido el trabajo, tu pareja o tu salud para reconocer que el alcohol se está convirtiendo en un problema.
Si solo bebo por las tardes o los fines de semana, ¿debería preocuparme?
No necesariamente. La frecuencia del consumo, por sí sola, no determina que exista una adicción. Pero tampoco garantiza que no haya un problema.
Hay personas que beben principalmente los fines de semana y, cuando empiezan, tienen dificultades para parar. Otras mantienen un consumo diario que consideran normal porque no suelen emborracharse o porque siguen cumpliendo con sus responsabilidades.
Quizá empezaste a beber para desconectar, relajarte o disfrutar más de las relaciones sociales. Pero ¿qué ocurre cuando llega ese momento y no puedes o decides no beber?
¿Por qué me cuesta tanto dejar de beber si sé que me está perjudicando?
Porque el alcohol puede haber llegado a cumplir una función importante en tu vida. Quizá te ayuda a desconectar de las preocupaciones, aliviar la ansiedad, combatir el desánimo o sobrellevar situaciones que te resultan difíciles.
A corto plazo puede proporcionar ese alivio, pero con el tiempo puede convertirse en una solución que termina alimentando el propio problema.
Además, cuando reduces o interrumpes el consumo, pueden aparecer inquietud, ganas intensas de beber, malestar emocional o la sensación de que “me falta algo”. Si no has aprendido a afrontar esas situaciones de otra manera, resulta fácil volver a beber.
A veces, dejar de beber durante unos días o unas semanas genera una sensación de seguridad: «Ya lo tengo controlado». Sin embargo, cuando regresan las situaciones habituales, el patrón puede repetirse.
¿Puedo dejar el alcohol por mi cuenta o necesito ayuda?
Depende de tu situación y de cuánto estés bebiendo. Algunas personas pueden dejarlo sin complicaciones, pero cuando el consumo es elevado y mantenido, dejar de beber de golpe puede provocar síntomas de abstinencia que requieren atención médica.
Si bebes a diario y en cantidades importantes, lo recomendable es consultar con un médico antes de dejarlo. En función del caso, puede ser necesario un tratamiento farmacológico o supervisar la retirada.
En Ser Libre Psicología podemos ayudarte con la parte psicológica del proceso, trabajando tanto en el abandono del consumo como en los cambios necesarios para mantener la recuperación, la deshabituación.
Pedir ayuda no significa necesariamente tener que ingresar en un centro. La atención puede ser ambulatoria, siempre que sea adecuada y segura para tu situación.
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